Nuestro remansito de Paz


Los embarazos para mi son un cóctel de emociones cargados de miedo e incertidumbre. Cuando conoces el dolor de la pérdida de cerca (y dos veces) es difícil controlar el miedo y confiar. Pero la esperanza y la Fe siempre pueden más

El inicio del embarazo de Marce estuvo conducido por un hilo invisible de señales y de intuición que no fue casualidad. Durante un año trabajé en mi, medité, busqué paz y calma en mi interior, me dediqué a reconectar con esa intuición/instinto de madre que había estado dormido después de las dos pérdidas

Salíamos de viaje y yo iba entregada a que si en ese momento teníamos un positivo confiaría en empezar el tratamiento con heparina (anticoagulante) al volver y confiaría en que todo saldría bien. Decidí soltar el control y enfocarme en lo que sí podía: disfrutar, reconectar con mi familia, sonreír, disfrutar como no me había permitido hace casi un año.

Entre las paradas que haríamos Íbamos a agradecer en un lugar muy muy especial por Juandi, el santuario de Nuestra Señora de La Leche en St Augustine, Florida, al entrar en la capilla, yo con mis sospechas de que estaba embarazada, simplemente sentí que se cerraba un ciclo y me estaba abriendo a recibir eso que venía en camino. Sentí que era el momento correcto, que estar ahí era una pieza importante que necesitábamos para poder continuar. Ese lugar transmite paz, tiene una energía especial y bonita, simplemente es un lugar que tiene un espacio muy especial en mi corazón.

Y no me equivoque, unos días después me hacía una prueba de embarazo y marcaba positivo. Y no celebré, solo confié en las decisiones que había tomado. Respiré, entendí que si tenía que ser, sería. Intenté conseguir progesterona porque siempre las he necesitado las primeras semanas pero fue imposible así que me entregué. Cuando volvimos una semana y unos días después le pedí a Rafa que me inyectara la progesterona que tenía en casa porque algo me decía que la necesitaría, y así fue, no estaba produciendo suficiente y me tocó inyectarme inter diario por las siguientes 12 semanas.

Fui a mis controles simplemente pidiendo que siguiera ahí y pidiendo con toda mi alma que me preparara para lo que viniera, pero algo me decía que todo saldría bien esta vez. No dijimos nada, a nadie, durante el primer trimestre nos dedicamos a saborear esto en silencio, le bajamos el ruido a lo externo, sentimos, lloramos, vivimos y caminamos un día a la vez. Pero siempre sentía paz.


Pedía cada consulta no saber si era niño o niña, necesitaba poner toda mi atención en que llegara a mis brazos con vida, conectaba con ese ser especial que venía dentro de mi, que pateó antes que su hermanos, que bastaba que yo pensara en que tenía rato sin sentir nada para que se moviera. Me dediqué a mi, me puse como prioridad, me inscribí en clases de yoga prenatal y me comprometí a cuidarme y atenderme como no lo había hecho antes

Cuide cada bocado de comida que llevaba a mi boca, garantizando que no tuviera ningún ingrediente de los que me causan sensibilidades e intolerancias, me rodeé de gente que me entendiera y me transmitiera paz sin hacerme preguntas que me generaran ansiedad. Hablé todo con mis médicos, llamaba, escribía, y estaba pendiente de los detalles que a veces damos por sentado y que esta vez tenían que ser tomados en cuenta.

Entrando en el tercer trimestre comienza el confinamiento y yo lo agradecí, agradecí la pausa, el quedarme en casa, el disfrutar de mis varones sin el corre corre de la rutina, agradecí despertarme tarde, las horas de juego, los momentos de silencio e introspección. El espacio de familia de tres que teníamos. Fueron semanas retadoras para todos, pero para mi fue una pausa necesaria y disfrutada, fue respirar en calma, fueron días de ilusión, de compartir en familia a través de las pantallas y de prepararnos para recibir.

Las últimas citas médicas fui pidiendo lo que quería para esa cesárea, y aún en plena pandemia mi equipo médico (que ya son familia) supo escucharme y complacerme, me tocaba ir sola pero siempre me hicieron sentir contenida y acompañada. Cada monitoreo fetal de las últimas semanas era una fiesta, la bebe se movía sin parar y el día que me tocó en el cubículo en donde supimos que mi primer bebé se había ido para siempre, lloré pero estaba segura de que todo estaría bien esta vez.

Llegó el día y dejamos a Juandi en las mejores manos, amigos que son familia, esos que dan una mano cuando la necesitas. Ahí quedo mi niño grande, tranquilo y feliz y nosotros con un nudo en la garganta lloramos en silencio todo el camino al hospital.

Llegamos y la adrenalina ya me invadía, esas últimas horas se hacen eternas, preparados y listos para lo que venía. Ingresé a un quirófano frío pero con la calidez de ver ojos conocidos y sonrisas debajo de las mascarillas, y comenzó la cesárea. Rafa a mi lado, y cuando ya iban a sacar al bebé, apagaron las luces, música suave sonaba y yo podía observar lo que sucedía a través de un campo transparente. Esta vez era parte activa del proceso, podía sentirme tomada en cuenta. Sacaron a la bebe y todos gritamos “es niña”. Lloré y la subieron a mi pecho y ahí quedamos hasta que terminaron de suturar la herida. Siempre acompañada de mi médico, siempre con las luces tenues, siempre con la compañía de Rafa y sintiendo a Marce calmada y tranquila en mi regazo.


La separación para recuperarme fue corta, una hora en ese espacio y a mi cuarto, dar a Luz en medio de una pandemia tenía algunos beneficios, protocolos más cortos y a estar juntos en el cuarto siempre. No podía creer que después de 4 embarazos por fin iba a vivir un nacimiento medianamente normal, bebé que llegará al cuarto conmigo, que pudiese dormir a mi lado, que estuviera siempre ahí. Y así fue

Llamamos a Juandi, siempre pedí que el primero en saber si era niño o niña tenía que ser mi chiquito, esta historia era nuestra y así fue. Le contamos que había tenido una hermanita y solo pudo decir “estoy tan emocionado que voy a llorar”, mi nene se había convertido en hermano mayor. Fotos a la familia, la mejor sorpresa de la vida, una niña para esta familia.

Los siguientes dos días no deje de llorar, demasiadas emociones contenidas, demasiada ilusión, demasiada gratitud, demasiado amor, lloraba con cada mensaje, con cada llamada, cada vez que Rafa cargaba a la bebe. Lloraba cuando la veía, cuando hacía ruiditos. Mi bebé estaba aquí. Lloraba al recordar una cesárea mágica, un cierre magistral para una historia con tantos altos, bajos y tanto dolor. Lloraba de sentirme contenida, querida, acompañada y segura, aún en momentos tan complicados para la humanidad. Lloraba de saber que los milagros existen y estaba en presencia de uno. Lloraba de saber que Dios no me abandona nunca, que ahí se hacía presente y que todo estaba bien.

A penas comenzaba la aventura, pero yo no cabía por dentro, el amor se multiplica sin duda pero mi corazón estallaba de alegría e infinita gratitud por la bendición recibida

Marce llegó al mundo en un momento particular, pero ella siempre fue ese salvavidas que nos mantuvo a flote, ese remansito de paz, de ilusión y alegría en medio de tanta incertidumbre. Nunca pensé que diría eso de uno de mis embarazos, y aquí estaba ella enseñándome una vez más que nada es imposible y que podemos disfrutar del camino viviéndolo un día a la vez.





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